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Volcanes activos y planes locales de evacuación

Chile tiene la particularidad de tener más de 90 volcanes activos o potencialmente activos en todo su territorio, lo que nos convierte en un país especialmente vulnerable a los impactos de una eventual erupción volcánica. Además, contamos con localidades, ciudades o poblados que colindan a diferentes distancias con algún volcán, lo que aumenta el riesgo. Todos los meses tenemos noticias de algún volcán con algún grado de actividad, lo que justifica que el esfuerzo país se debe concentrar en desarrollar planes de evacuación ante el peligro que conlleva una eventual erupción volcánica. Pero hablamos de protocolos individualizados por ciudad ubicada cerca de un volcán activo.

Estos protocolos se están empezando a construir en Chile –ya que cuenta con un observatorio volcanológico que requiere con urgencia descentralizar su funcionamiento y operar, por lo menos, a nivel de macrozonas–, pero esperamos que el foco esté en planes únicos para para cada poblado en riesgo. Ciudades como Pucón, Villarrica, Licanray y Coñaripe, por ejemplo, están emplazadas alrededor del mismo volcán, sin embargo, su geografía es dispar, las vías de evacuación pueden variar significativamente, por lo tanto, no se puede establecer un mismo protocolo para todas esas localidades

Los volcanes tienen características muy diferentes uno de otros y requieren un abordaje particular también. Por eso el proceso para establecer un plan de evacuación que nos asegure resguardar la salud y la vida de las personas, debe incluir un mapa de peligro por cada volcán. Esto incluye estudios sobre la historia del volcán, eventos y magnitudes de éstos, características de aquella erupción de mayor magnitud, que permita modelar posibles escenarios incluidos los más peligrosos.

Al tener estos mapas y cruzarlos con información sobre una ciudad determinada, personas e infraestructura, se pueden hacer los cruces sobre afectación de caminos, carreteras, poblados, espacios para la agricultura, etcétera. Es decir, recién en esta etapa estamos en condiciones de determinar la vulnerabilidad tanto de infraestructura como de la población en peligro de sufrir el impacto de un evento asociado a erupción volcánica.

De esta forma, se entra en una segunda etapa del plan, la que aborda los mapas de riesgos, es decir, información sobre aquellos elementos volcánicos que constituyan un riesgo (producto de su potencial afectación a infraestructura o zonas pobladas) como pueden ser los flujos de lava, caída de cenizas y flujos piroclásticos (corriente de alta temperatura y que se mueve a alta velocidad, correspondiente a una mezcla de material sólido y gases), entre otros.

Dentro de los muchos parámetros que se deben obtener de un volcán, figuran datos sobre quebradas por donde podrían bajar corrientes de barro constituidas de material volcánico,  llamados “lahares”, que suelen ser violentos y que pueden significar un peligro inminente. Cada volcán se comporta de maneras muy distintas, por en volcanología decimos que cada volcán tiene su propia “personalidad”. A partir de toda esta información se elabora un plan de evacuación que muestre cómo afecta el volcán a la ciudad, que personas debiesen ser evacuadas, cuándo hacerlo y establecer vías de evacuación, entre otros protocolos.

Para salvar vidas debemos hacer partícipes a las localidades en riesgo, desarrollar planes que incluyan el conocimiento local, histórico y geográfico de aquellas personas que viven en las cercanías de un volcán. A partir de ese valioso conocimiento sumar la investigación científica y crear protocolos que nos permitan reaccionar de manera rápida, inteligente y organizados frente a un riesgo como una erupción volcánica, y no esperar como país trabajar en el posterior desastre.

Escrita por Felipe Aguilera

Doctor en Ciencias mención Geología y académico de la Universidad Católica del Norte, e Investigador del Centro de Investigación para la Gestión Integrada del Riesgo de Desastres (CIGIDEN)

Revisa la publicación original en La Tercera

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