Por Patricio Winckler
A poco más de 30 años de aquel primer viaje, vuelvo a la costa de Ecuador. Fue un viaje iniciático, con mochila al hombro, dreadlocks descuidados y ganas de comernos el mundo con 21 añitos a cuestas. Esta vez venimos a hacer un curso de ingeniería costera a funcionarios y académicos de Manabí, participar de una conferencia y recorrer la costa provincial. Nuestro buen amigo Miguel Guerrero nos ha invitado a Felipe Caselli y a mí a esta aventura, esta vez más contenida. Su invitación se inspira en un curso Kizuna sobre cambio climático y adaptación que impartiéramos en Valparaíso un año atrás.
Partimos en van al norte de la provincia. El territorio costero es uno de salinas, camaroneras y arrozales, que responde al ciclo de lluvias y época seca. La exuberante vegetación oculta una compleja trama de contrapuntos: conflictos socioambientales, cruzados por la corrupción y la belleza de sus playas.
Cojimíes luce bien visitada este domingo. Luego de que se improvisara un feriado nacional tras el triunfo de Ecuador sobre Alemania en el mundial, la gente partió a la playa a celebrar. El poblado se asienta sobre una espiga de arena nutrida por el transporte litoral, producto de las olas reinantes del suroeste. Sobre un espigón de rocas, adivinamos un futuro donde las inundaciones costeras se harán más frecuentes e intensas, y la costa retrocederá producto del nivel del mar. Todo ello en condicional, aunque ya hay antecedentes históricos. Edgar Santana, coordinador de la mesa de planificación multinivel del Gobierno Provincial de Manabí, me alerta de las sucesivas inundaciones que ha experimentado el pueblo, generadas tanto por el río como por los aguajes de la mar. Este, pienso, es un caso canónico del concepto de multi-amenaza en zonas costera.
El río Cojimíes desemboca turbio en un mar calipso, alimentando una barra de arena donde rompe el oleaje mar adentro. La vinculación de la cuenca y la costa colindante es evidente en este sistema estuarino. Según me cuenta José Calderón –un letrado investigador de la ESPAM– el "proceso de expansión de la frontera agrícola" se caracteriza por una creciente deforestación del bosque nativo para dar espacio al cultivo del maíz, y que una vez seco permite la erosión del suelo y el aumento de la turbidez de los ríos manabitas.
Henry Pacheco acota que las aguas contaminadas se nutren además del uso intensivo de fertilizantes y del aporte de pozos sépticos a través de las aguas subterráneas. La agricultura se despliega en un relieve de lomas donde los pequeños agricultores con chacras de 3 hectáreas coexisten con una agricultura intensiva en grandes predios de hasta 300 hectáreas.
El proceso de tecnologización de la agricultura tradicional se materializa en el reemplazo de semillas criollas de baja productividad por semillas certificadas que incrementan en tres veces su producción por hectárea. La pérdida genética producto de esta práctica se traduce en una menor capacidad de adaptación de los cultivos ante variaciones climáticas, que puede generar pérdidas de la cosecha anual en años anómalos. El avance de los cultivos se hace a costa de quemas controladas que, de cuando en vez, se salen de madres. Vimos varias entre Guayaquil y Porto Viejo, ayer, bajo el sagaz manejo de Elvis, nuestro conductor. Agricultura en esteroides, pienso.
Avanzamos al sur a media tarde. El calor abruma, pero la brisa alivia a ratos. En la desembocadura de un riachuelo en Canoa nos sumergimos en un manglar. Henry me comenta que estos sistemas tienen una capacidad de acumulación de carbono que supera en cuatro veces la de los bosques amazónicos. La cantidad de materia orgánica que hay en estos suelos, de varios metros de penetración, es colosal. Entre raíces aéreas que me recuerdan a Gaudí, me comenta que los manglares sucumbieron ante las camaroneras en la década de los ochentas, y solo a contar de 1993 comenzaron a recuperarse producto de incentivos económicos del hoy llamado Ministerio de Ambiente y Energía para protegerlos.
En el estuario del río Chone hay esfuerzos de restauración del mangle rojo, negro y blanco –dependiendo de cual se adapte mejor a las condiciones locales– aguas abajo del único sitio Ramsar del Ecuador. Escucho en la van de los sospechosos que explicarían la turbidez del estuario, y que podría obstruir la libre respiración del mangle y sus habitantes: el movimiento del terreno producido por el terremoto de 2016, la construcción del puente Los Caras (cultura prehispánica asentada en la zona) y las camaroneras. Estas hipótesis se suman a la explotación agrícola aguas arriba de la cuenca, y que parece evidente a todas luces.
Terminamos el día con el sol en el poniente. A 30 años de esa primera vez, y habiendo vistos muchas costas del mundo, sigo fascinado por este país.