Por Jorge León – Director alterno Cigiden R+
Este 5 de noviembre conmemoramos una vez más el Día Mundial de Concienciación sobre los Tsunamis, una fecha que para un país costero y sísmico como Chile no representa un mero recordatorio en el calendario, sino un llamado urgente a reflexionar sobre cómo habitamos, planificamos y protegemos nuestros territorios.
La conmemoración de este año adquiere un sentido muy especial. Hemos tenido el honor de recibir en nuestro país a Kamal Kishore, Representante Especial del Secretario General de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres y Jefe de la UNDRR. Durante estos días compartimos una agenda coordinada por SENAPRED, que nos permitió contrastar visiones globales con la realidad concreta de nuestras comunidades. Recorrer junto a él las piscinas aluvionales de la quebrada de Macul o guiarlo por la exposición Herencia sísmica: terremoto de Valparaíso de 1906 en el Museo Marítimo Nacional –una muestra creada por DESARTES, unidad de artes y desastres de Cigiden R+– reafirma una certeza: la resiliencia urbana no se construye desde el aislamiento disciplinar, sino comprendiendo la naturaleza e integrando memoria, ciencia, infraestructura y comunidad.
En el ámbito costero, uno de los desafíos más apremiantes para salvar vidas en tsunamis de campo cercano es el tiempo disponible para evacuar. Cuando el terreno alto natural es inaccesible o está demasiado lejos, la evacuación vertical emerge como una alternativa insustituible. Nuestra investigación reciente mediante entornos de realidad virtual inmersiva y modelamiento computacional de evacuación en ciudades como Arica, Iquique, Viña del Mar y Talcahuano ha demostrado el enorme potencial que guardan las edificaciones en altura ya existentes: de manera intuitiva, la gran mayoría de las personas reconoce la altura como el factor clave de seguridad y logra alcanzar el octavo piso o superior, alineándose con las recomendaciones técnicas nacionales. Sin embargo, consolidar ciudades verdaderamente resilientes exige dar el salto desde la evidencia empírica hacia la política pública: necesitamos normativas que evalúen la resistencia estructural combinada sismo-tsunami de nuestros edificios, protocolos claros de accesibilidad en emergencias y una planificación urbana que integre estas rutas verticales en el tejido cotidiano de los barrios costeros.
No obstante, la resiliencia no puede pensarse para una sola amenaza a la vez. En Chile, el riesgo es sistémico y dinámico. Mientras reforzamos la preparación ante eventos sísmicos y tsunamis en nuestras costas, las proyecciones climáticas nos sitúan a las puertas de un nuevo verano caracterizado por olas de calor prolongadas y condiciones propicias para una compleja temporada de incendios forestales en la interfaz urbano-rural.
Tal como he planteado en diversas ocasiones, debemos ser honestos y autocríticos: estamos recién en la etapa inicial del aprendizaje necesario para lidiar con los grandes incendios. Hemos avanzado de forma importante en el combate y la respuesta reactiva, pero seguimos al debe en la reducción estructural del riesgo: en el ordenamiento territorial preventivo, el control de la interfaz, la gestión del combustible vegetal y, sobre todo, en la preparación comunitaria ante evacuaciones complejas, que requieren un entrenamiento capaz de reaccionar identificando alternativas ante las rutas impredecibles del fuego. La lección que nos han dejado las catástrofes recientes es clara: una ciudad no es resiliente si solo sabe responder bien ante un terremoto, pero colapsa frente a una marejada, un aluvión o un fuego descontrolado que baja por las laderas.
Construir resiliencia urbana exige superar la fragmentación y la incertidumbre. Significa entender que el diseño de las vías de escape, la preservación de las quebradas, la solidez de las construcciones en altura y la mitigación de los fuegos de interfaz forman parte de un mismo pacto de protección de la vida humana. Desde Cigiden R+ renovamos nuestro compromiso de aportar evidencia rigurosa, tecnología y diálogo territorial para que nuestras ciudades no solo resistan el impacto del próximo desastre, sino que aprendan, se adapten y se transformen.