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Investigadores de Cigiden R+ reconstruyen la memoria oculta del tsunami de 1960

24 de Septiembre de 2026

Un equipo liderado por investigadores de Cigiden R+ compiló 246 registros de inundación para reconstruir, con un nivel de detalle inédito, el comportamiento del tsunami de 1960 en la zona más cercana a la ruptura del terremoto que lo generó, el mayor jamás registrado instrumentalmente. El estudio, publicado en Earth, Planets and Space, combina testimonios de sobrevivientes, fotografía aérea de la época y tecnología LiDAR, fruto de más de una década de trabajo de campo.

Un equipo liderado por el académico de la Universidad de Valparaíso e investigador de Cigiden R+, Patricio Winckler, culminó más de once años de trabajo de campo con la publicación de la compilación de datos más completa jamás reunida sobre el tsunami que siguió al terremoto del 22 de mayo de 1960, el mayor registrado instrumentalmente en la historia. El estudio, titulado “The 1960 Chile tsunami in the near field: a retrospective compilation of existing and new field data”, fue publicado en la revista Earth, Planets and Space y reúne 246 registros de inundación levantados entre Coliumo y el archipiélago de los Chonos, una franja costera de más de mil kilómetros que hasta ahora permanecía casi ausente de la literatura científica internacional, pese a tratarse de la zona directamente enfrentada a la ruptura del sismo.

El estudio es fruto de un trabajo colectivo entre siete investigadores. Junto a Winckler y Patricio Catalán, académico de la Universidad Técnica Federico Santa María (USM) e investigador de Cigiden R+, participaron Matías Carvajal y Marco Cisternas, del Instituto de Geografía de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso; Rafael Aránguiz, de la Universidad Católica de la Santísima Concepción; Eduardo Emparanza, de la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Valparaíso; y Sebastián Trujillo, investigador independiente. El trabajo, financiado por ANID a través de Fondecyt, está disponible de forma gratuita en el sitio de la revista, y parte del registro audiovisual de las campañas de terreno puede revisarse en una lista de reproducción publicada en YouTube.

Cuando la memoria se convierte en dato científico

El terremoto de 1960 alcanzó una magnitud de entre 9,2 y 9,6, con una zona de ruptura de cerca de mil kilómetros entre el golfo de Arauco y la península de Taitao. El tsunami que generó fue registrado con relativo detalle en Japón, Hawái y otros puntos del Pacífico, pero frente a la propia fuente del terremoto la información histórica es escasa, ya que la red mareográfica nacional sólo cubría siete puertos, ninguno cercano a la ruptura, y buena parte de los registros sismológicos de la época se perdió en un incendio.

Para llenar ese vacío, el equipo dividió el trabajo según sus especialidades: mientras Carvajal condujo el trabajo de campo y diseñó la comparación con otros grandes tsunamis históricos, Cisternas lideró la reconstrucción de alta resolución a partir de fotografía aérea y LiDAR, y Aránguiz y Catalán aportaron al análisis formal de los datos y a la revisión del manuscrito. Desde 2016, el equipo recorrió más de cuarenta asentamientos costeros entrevistando a sobrevivientes que, al momento de las entrevistas, tenían entre 65 y 91 años y que en 1960 eran niños o jóvenes de entre 7 y 33. El desafío metodológico central, explica Winckler, fue que, a diferencia de un levantamiento post-tsunami convencional, donde se miden marcas físicas dejadas por el agua, aquí “la inundación se midió con nivel topográfico y GPS a partir de los testimonios de los testigos en terrenos donde no existían dichas marcas”. A eso se suma un problema conocido en estudios de memoria oral, ya que “los relatos suelen homogeneizarse con el paso de los años, cuestión que no se pudo evaluar en muchos sitios porque encontramos sólo un testigo, y algunos testimonios constituían relatos colectivos más que datos verificables”, advierte el investigador.

Entre esos testimonios están el de Paulino Gómez, quien nació nueve días antes del terremoto en Cucao y hoy relata cómo un jinete alertó al pueblo al ver que el mar se retiraba, o el de Joaquín Martínez, sobreviviente de la destrucción de Toltén Viejo, quien perdió a su madre y su hermana esa tarde. Para ordenar el valor probatorio de este tipo de relatos frente a fuentes documentales o instrumentales, el equipo diseñó un índice de confiabilidad de datos que promedia diez indicadores –tipo de fuente, precisión de las coordenadas, fecha de obtención del dato, si proviene de un testigo directo, y la existencia de evidencia de sedimentos, daños, mareas o deformación cosísmica, entre otros– en una escala de 0 a 1. “El índice no elimina la subjetividad, pero la hace explícita y reproducible”, señala Winckler, quien reconoce al mismo tiempo sus límites. ”Reduce a un solo número el contexto de la inundación en cada localidad y depende del juicio de los autores; por eso lo proponemos como una herramienta de filtro y no como una medida definitiva de confiabilidad”, explica el investigador.

A esos testimonios se sumó una técnica inédita para el caso chileno: la digitalización de la línea de escombros visible en fotografías aéreas tomadas por la Fuerza Aérea apenas trece días después del terremoto en Puerto Saavedra y Mehuín, proyectada luego sobre un modelo de elevación LiDAR para reconstruir campos de inundación de alta resolución, imposibles de obtener sólo con mediciones puntuales.

Una costa de contrastes con bahías, acantilados y planicies

El resultado es una base de 246 registros –frente a los 21 disponibles hasta ahora en la literatura para altura de inundación, ahora elevados a 51– con un runup de 9,6 metros y un máximo de 25,9 metros medido en Bahía Mansa, explicado probablemente por la forma cerrada de esa bahía y sus pendientes pronunciadas. “Pasar de 21 a 51 observaciones de runup no es sólo un ejercicio de acumulación de datos: reduce la dependencia excesiva de un puñado de sitios muy bien documentados y permite construir promedios y comparaciones estadísticamente más robustas con eventos como Maule 2010 o Tohoku 2011”, explica Patricio Catalán, académico de la USM e investigador de Cigiden R+.

La comparación con otros grandes tsunamis de subducción resulta reveladora. Pese a haber sido generado por el terremoto más grande jamás registrado, el runup promedio de 1960 es comparable, e incluso inferior, al de eventos de menor magnitud como el de Japón en 2011 (12,1 metros en promedio y 55,9 de máximo) o el del Maule en 2010 (8,5 metros de promedio y 29 de máximo). “El que el tsunami de 1960 tenga runups comparables a los de Maule en 2010 o Tohoku 2011, pese a haber sido generado por el terremoto más grande jamás registrado, confirma algo importante para la gestión del riesgo: la magnitud del sismo no basta para anticipar el tamaño de la inundación costera. Lo que distingue a 1960 es la extensión del tramo de costa afectado, no necesariamente la altura de las olas en cada punto”, subraya Catalán. La diferencia, en efecto, está en la extensión, ya que la inundación de 1960 se distribuyó a lo largo de una costa mucho más amplia, como consecuencia de la mayor longitud de la ruptura.

El estudio muestra, además, un patrón geográfico consistente: bahías cerradas, acantilados y penínsulas concentran los runups más altos con una penetración relativamente acotada tierra adentro, mientras que las planicies costeras y estuarios registran alturas menores pero una inundación mucho más extensa. En Maullín se midieron profundidades de flujo cercanas a diez metros junto a la costa, mientras que en las planicies bajas de Toltén Viejo el agua avanzó con 2,5 metros de profundidad hasta casi tres kilómetros hacia el interior. Para Winckler, esa variabilidad tiene una lectura directa para la gestión del riesgo, ya que “la planificación territorial debiera basarse en la estimación de la amenaza sitio a sitio, porque la variabilidad espacial del impacto del tsunami depende mucho de la morfología local”, afirma. Y agrega una advertencia sobre la escala del problema, ya que “una ruptura extensa como la de 1960 afecta a decenas de localidades a la vez, lo que exige coordinación entre comunas, rutas de evacuación redundantes y capacidad de respuesta regional”.

El hundimiento cosísmico dejó una huella que persiste hasta hoy en algunos tramos de la costa. En Rahue, un antiguo poblado minero de oro en la costa pacífica de Chiloé, Orlando Vera –quien tenía 17 años en 1960 y no presenció el tsunami por estar haciendo el servicio militar en Coyhaique, pero constató el hundimiento de cerca de un metro al volver esa primavera– describe cómo el lugar pasó de tener una playa de arenas blancas de 500 metros de ancho, seguida de pampas de cuatro metros de altura y un río sinuoso, a una franja de grava abrupta cuya berma alcanza hoy entre cuatro y cinco metros sobre el nivel del mar. “Todo lo que es bajo aquí lo llevó el mar”, resume en su testimonio. El relato coincide con lo documentado por Weisner (2003): el tsunami devastó playas, dunas y tierras agrícolas de la zona, sepultó los mantos auríferos que sostenían la minería local y desencadenó cambios en el régimen de mareas y una erosión de acantilados que continúa hasta el presente.

Las zonas ciegas de la memoria

El propio equipo de investigación reconoce que su base de datos, pese a triplicar la evidencia disponible, sigue siendo escasa si se compara con los estándares actuales. Mientras que el tsunami de Japón de 2011 cuenta con cerca de 1.700 puntos de medición a lo largo de dos mil kilómetros de costa, el de 1960 apenas reúne 51 puntos en 1.150 kilómetros, reflejo de la baja densidad poblacional y accesibilidad de la época. Consultado sobre los vacíos más preocupantes, Winckler identifica dos zonas concretas: la costa pacífica de Chiloé, escasamente poblada en 1960, y el extremo sur de la ruptura. “Los archipiélagos de las Guaitecas y los Chonos estaban prácticamente despoblados en la época e incluso hoy no tendría mucho sentido visitarlos, dado que es altamente probable que las trazas de la inundación hayan desaparecido”, plantea. Un problema distinto afecta al Mar Interior de Chiloé, donde el rango de mareas alcanza hasta siete u ocho metros, muy superior al tamaño del tsunami reportado, lo que impide estimar con rigor su magnitud sin recurrir en el futuro a modelación numérica.

Más allá de su valor histórico, el equipo destaca que este conjunto de datos –que integra ingeniería oceánica, geografía, geología y trabajo etnográfico en terreno– ofrece un estado de referencia físicamente consistente para calibrar modelos numéricos, construir escenarios realistas de tsunami y perfeccionar los planes de evacuación y los criterios de diseños para la costa chilena, un ejercicio que cobra especial urgencia en un país donde la próxima gran ruptura de subducción es, según la evidencia geológica citada en el propio estudio, cuestión de tiempo antes que de probabilidad.

Winckler, P., Carvajal, M., Aránguiz, R., Catalán, P. A., Cisternas, M., Emparanza, E., & Trujillo, S. (2026). The 1960 Chile tsunami in the near field: a retrospective compilation of existing and new field data. Earth, Planets and Space, 78(1), 198. https://doi.org/10.1186/s40623-026-02517-5

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